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Las Estaciones y la vida.
Idea y texto: Dalia Ross
(Anécdota)
Narrativo: Rafael Ángel Cortés
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Era 1998 y apenas se acercaba el otoño en New York. El verdor matizado de las hojas, el colorido de las flores, lo fresco y lozano de los árboles, todo mostraba la vida esplendorosa de la naturaleza, su belleza, su magnificencia.
No duró mucho. Me había sorprendido la llegada de octubre y comencé a notar cómo el viento cambiaba; soplaba con mucho más fuerza en ocasiones, mientras se calmaba, como niño pasivo, en otras. De pronto arreciaba, como queriendo castigar los alrededores, los majestuosos árboles y hasta a la misma naturaleza, de la cual esos vientos eran parte. No entendía. Me parecía que querían, con su actitud, arrebatarle algo al espacio.
Recuerdo que un día, cerca ya de la fecha donde celebramos el Día de Acción de Gracias, partí de paseo hasta Albany. Fue un paisaje increíblemente bello, que sólo había disfrutado en pinturas, en las películas y en las fotos de los libros. Era sencillamente impresionante. La flora abundante, el teñido especial, el aroma. Casi no podía creer lo que mis ojos veían. Los colores del otoño. Era algo maravilloso, esplendoroso, único. Pensé por momentos que yo no merecía el disfrutar de tanta belleza y mis ojos se iban humedeciendo, como agradeciendo al Cielo ese regalo repleto de esplendor.
Por los reveses del destino, que aún en situaciones de belleza como ésta, no omiten su presencia, descubrí que había perdido mi cámara. Ay, de mí. No pude disfrazar mi coraje del momento. Me daba cuenta de que había perdido la única oportunidad de plasmar en fotos toda aquella belleza para luego compartirla y revivirla.
La alternativa de quien no tiene lo que necesita, te hace crear, imaginar y resolver. Y fue lo que hice. A falta de mi cámara, me dispuse a memorizar cada contorno, cada color y cada nervadura de cada hoja a mi vista.
Me resultaba gracioso ver en las mañanas aquellas calles repletas de hojas; aquellos patios que habían cambiado su verde grama por alfombras enteras de los colores de las hojas de otoño, y que disgustaban a muchos que debían recogerlas de sus frentes y de sus alrededores. Para mí, que era sólo observadora y visitante, me lucía todo muy hermoso y bello.
Luego fui testigo de que, en un abrir y cerrar de ojos, los árboles iban quedando huérfanos de toda vida y color. Todo se venía abajo y podía mirar por entre sus solitarias ramas, el color del cielo y el paso de algunas aves de época.
Caminé hasta Central Park, para disfrutar del paisaje y de la cantidad de hojas tiradas. A excepción de algunas arboledas que mantienen su follaje durante todo el año, el resto parecía como un cementerio solitario de árboles sin nada, pero llenos de espíritu y de esperanzas. Me sentía parte de la ciudad. Me sentía igual al panorama. Me identificaba con lo que veía; sentía en mis adentros la misma soledad, sin colores ni matices, me sentía triste y vacía y el frío me afectaba en demasía.
De pronto, el obsequio de ver la primera nevada. Fue todo un espectáculo, para mí, lleno de hermosura. Tanto así, que logró desvanecer aquel sentimiento anterior, aquella ausencia de hojas y de flores, aquella tristeza y soledad. Era algo muy nuevo para mí. Ya no miraba al cielo ni a los árboles; me limitaba a mi frente, al suelo blancuzco, que iba adquiriendo la frialdad del momento y el color del invierno. Me sostenía como una niña para evitar resbalar, cosa inútil en ocasiones.
La ignorancia a la novedad me hizo descuidar mi abrigo, con la consabida consecuencia; el frío era aterrador, imponente. Mi estómago se congelaba igual que mis manos y mi rostro. Más de una vez tuve que recurrir a la hirviente agua de la bañera para evitar la hipotermia.
Pero también, el tiempo fue encargándose de ir suavizando aquellas nevadas, aquel frío intenso. La naturaleza seguía sin hojas.
Ya había llegado abril… y aquella mañana —casi no podía creerlo—
escuché pajaritos trinando sus más bellos sonidos. Era como un cántico a Dios. Tantas veces en Puerto Rico, y jamás les puse atención a tanta belleza que me rodeaba todo el año; pasaban desapercibidos sus cantares, sus chirridos, sus silbidos. Ahora me parecía como si los escuchara por primera vez. A veces no podemos ver las cosas que tenemos al mismo frente.
Asomé de inmediato mi cabeza por la ventana. Frente a mí, en el balcón de donde residían unos chinos, había una pajarera. A ciencia cierta no pude definir su clase en aquel momento; me parecieron mas bien como reinitas, tal vez. Pero era algo asombroso.
El cielo era azul; limpio, perfectamente claro, bello…! Me vestí muy de prisa y salí a caminar. ¡Qué experiencia! ¡Qué hermoso! Había pajarillos en las ramas de algunos árboles. Oh, maravilla de la naturaleza. Noté con alegría nostálgica la aparición de nuevos retoños, que poblarían nuevamente los desnudos brazos de las arboledas. Comenzaría un renacer entre aquellas ramas que yo había creído muerta e insensible, pero que estaba latente y lista para recibir los cambios de la madre naturaleza.
Mi corazón saltaba de alegría, de dicha. Seguían las experiencias nuevas, las sorpresas, el aprender. Aprendía a fijarme en los cambios, en las estaciones, en el morir y el resucitar de los alrededores, del cantar de los pájaros, de la belleza del verdor de las hojas y arbustos.
De la noche a la mañana, todo volvía a llenarse de hojas, de flores; los jardines parecían mágicos. No lo podía creer. Estaba maravillada con lo que podía palpar a simple vista y frente a mí.
Pienso que nuestras vidas son similares a las estaciones del año. Pienso y siento que tienen su invierno, su primavera, su verano y su otoño. Justo cuando creemos que todo se ha ido, que todo se cae, que muere y que nos deja un vacío, un día te levantas y te asombras de lo que sientes y de lo que ves. La madre naturaleza te muestra sus idas y vueltas, sus colores, sus esperanzas. Al parecer en ocasiones te maltrata, te quita, te tumba y parece como si se alejara y se perdiera totalmente y te abandonara; pero descubres que está ahí, a tu lado, para renovarte con las hojas nuevas de la vida y sus experiencias, de hacerte renacer vez tras vez.
Quizás algún día todos podamos notar nuestro otoño, sabiendo que nos llegará un invierno cruel, que nos congela nuestro corazón y nuestro sentir, pero sin perder la perspectiva de que luego llegará una hermosa primavera, con nuevos tallos, nuevos retoños, nuevas hojas y hermosas flores, donde se manifiesta Dios en todo su esplendor.
Dalia Ross
Gracias Rafael Angel
FELIZ NAVIDAD A TODOS Y QUE EL NUEVO AñO 2005 LES TRAIGA TODA LA SALUD, PAZ, UNIøN FAMILIAR Y TODA LA FELICIDAD DEL MUNDO.. MIS CARINOS X100PRE DALIA
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